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Desde tiempo inmemorial se ha utilizado la sal para conservar alimentos, lo que le concedió un valor económico altísimo y la convirtió en elemento indispensable para los grupos humanos y las sociedades. Se atribuye a los chinos el descubrimiento de las propiedades conservantes de esta roca comestible, aunque no esté documentado este hecho. En el primer milenio antes de Cristo, momento de la expansión fenicia por el Mediterráneo, la sal era un producto fundamental en la economía; gracias a su utilización como conservante de alimentos en salazones de pescado, se convirtió en “moneda de cambio”, o más propiamente en lo que podríamos llamar dinero. Mediante trueque se podían obtener productos, pero la sal funcionaba como más tarde lo haría la moneda, ya en época griega. Y convivió con ésta como elemento de pago. No olvidemos que el término salario, derivado del latín salarium, proviene de la palabra sal y tiene origen en la cantidad de sal que se le daba a un trabajador (en particular, a los legionarios romanos) como retribución económica. También dio nombre a la Vía Salaria, por la cuál llegaba la sal hasta Roma. Así que este mineral ha sido conservante, moneda, condimento y también medicina, porque no podemos olvidar las propiedades medicinales de la “salmuera”, o agua salada.

«Las salinas dan nombre al río Xalón, que significa salado en castellano antiguo, y que podemos ver al final de las salinas abriendo una vía de comunicación, un camino, de los más importantes de nuestra Península desde la Prehistoria más lejana hasta hoy. El mineral se continuó obteniendo durante la Edad Media. Autores musulmanes mencionan la salinidad del río y el entorno, lo que nos lleva a pensar que muy probablemente durante la ocupación islámica se extrajera sal.

En el siglo XII, poco después del otorgamiento del Fuero de la Villa de Medinaceli, hay noticias de una compra parcial de estas salinas por parte del Obispo de Sigüenza a particulares; venta que debía ser confirmada por la reina Doña Urraca. Menciona Marisa Bueno en un artículo publicado en 2012 que popularmente se conocían como salinas de Landet, y que en 1182 sus diezmos fueron cedidos al Monasterio de Santa María de Huerta por el Obispo de Sigüenza.

Situándonos ya en el siglo XIII, en 1218 Fernando III concedió a la Orden de Calatrava el derecho para sacar anualmente 2 cahíces toledanos de sal (hay autores que mencionan 12 cahíces) en las Salinas de Medinaceli. Concesión que confirma Alfonso X en una carta otorgada en Valladolid en 1255.

Mediado el siglo XV, como se menciona en la Legislación Hacendística de la Corona de Castilla en la Baja Edad Media, el rey Juan menciona las rentas que  producían, establece precios y cantidad que permite extraer y habla de “sus arrendadores” y las “dichas mis salinas” a las que denomina de “Allandete”. Así vemos como fueron propietarios la corona, la aristocracia y la iglesia.

En 1570 pertenecían al Duque de Medinaceli, momento en que las cedió ala Corona a cambio de otras prebendas. Ésta ejerció el monopolio desde que Felipe II estableció el llamado Estanco de la sal en 1564, hasta avanzado nuestro convulso siglo XIX, cuando tuvo lugar el llamado Desestanco de la sal, momento en que las salinas pasaron a manos privadas. Éstas, en concreto, fueron vendidas por el Estado en 1871 a una sociedad privada, y fueron cambiando de dueño hasta que en 1974 las adquirió su propietario actual. D. José Hernangil.

Él es su propietario desde esta fecha, pero ha estado ligado a esta explotación de carácter preindustrial desde muchos años antes, cuando en su juventud comenzó a trabajar en ella, siendo primero administrativo, luego administrador, más tarde explotador y por último propietario. Mientras, poco a poco, el mineral fue perdiendo valor y se abandonó la producción en esta mina de sal en 1994. A ello contribuyó su bajo rendimiento en relación con las salinas costeras.»

Texto de María Ángeles Serrano

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