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Medinaceli – Tiermes

Duración total: media jornada

Distancia: Medinaceli – Tiermes 82,8 km

Medio de transporte: Coche

Salgo de Medinaceli dejando atrás su plaza porticada. Tomo la SO-132. La carretera se estira entre campos y encinas. No hay desvíos complicados, solo una cinta de asfalto que cruza tierras donde hace siglos se alzaban ciudades olvidadas. El silencio es denso. El tráfico, casi nulo. En poco más de una hora, un cartel a la izquierda señala el Yacimiento de Tiermes a 2,5 km, con espacio para aparcar junto al Museo.

Apenas pongo un pie en la tierra rojiza, siento que he cruzado un umbral. Tiermes, la llamada Pompeya hispana, no impresiona por la altura de sus ruinas, sino por la manera en que la ciudad fue esculpida en la roca viva. Nada aquí se alza: todo se hunde, se adentra, se horada. Graderíos, calles, cisternas, casas, un acueducto excavado como un latido en la piedra. Todo parece estar esperándome desde hace siglos.

Algunos puntos clave de la visita:

Gran espacio excavado en la roca con gradas talladas en varios niveles. Su función exacta sigue sin aclararse: pudo ser lugar de reunión, celebración o culto.

Uno de los accesos principales a la ciudad. Se conserva un largo corredor tallado en la roca, con restos de las hojas de la puerta y marcas en el suelo que aún delatan el paso continuo de carros. Su nombre actual se debe, probablemente, a su orientación hacia el este.

En esta zona se encuentran antiguas viviendas parcialmente excavadas en la roca, que combinaron tradición indígena y arquitectura romana. Más tarde, algunas fueron transformadas con la llegada de las defensas tardoantiguas.

Obra hidráulica que llevaba agua desde la zona de Pedro hasta la ciudad. Parte del canal discurre bajo tierra, en un túnel excavado en la roca, accesible por varios pozos usados para su limpieza y mantenimiento.

Camino entre estructuras romanas y celtibéricas. Me detengo en el graderío —tallado directamente en la ladera, como si la roca hubiera decidido formar parte de un teatro. No cuesta imaginarlo lleno de gente, murmullos y túnicas ondeando al viento. El Centro de Interpretación lo ilustra con dibujos que devuelven la vida a esas piedras talladas.

Desde allí recorro lo que fueron calles, algunas aún perfectamente visibles, delimitando ínsulas. A diferencia de otras ciudades romanas, aquí muchas de las casas no se construyeron sobre la roca, sino dentro de ella. Escaleras, umbrales, habitaciones, depósitos… todo tallado en ese mismo tono rojizo que tiñe el paisaje. Es como si la ciudad hubiera sido esculpida más que edificada.

Y más allá, en una loma despejada, la ermita románica de Santa María de Tiermes —de ábside sobrio y porche elegante— guarda silencio como un centinela del tiempo. Es fácil quedarse allí, dejando que el viento cuente historias de legiones, pastores y monjes.

Regreso a Medinaceli por la misma ruta, con la sensación de haber atravesado siglos. Mientras el sol cae tras las lomas, pienso en la extraña belleza de Tiermes: una ciudad que no se alza, sino que se esconde en la tierra como un secreto bien guardado, quizás por eso para algunos es la ‘ciudad de las hormigas’.

Notas: 

Si ha llovido recientemente, conviene evitar la visita. El terreno —especialmente en las zonas excavadas en roca y senderos de tierra— puede estar embarrado y resbaladizo.

Llevar calzado cómodo y antideslizante, preferiblemente botas de senderismo.

En verano el sol es intenso y hay poca sombra. Llevar protección solar, gorra y agua.

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