
Duración total: media jornada
Distancia: Medinaceli –Velilla de Medinaceli 18,5 km
Medio de transporte: Coche

La tarde comienza con el sabor de unas deliciosas chuletillas de cordero en Medinaceli, el almuerzo perfecto antes de emprender el camino. Con el aire fresco, me preparo para adentrarme en una ruta llena de calma, belleza y geología.
Bajo por las gargantas del Jalón, donde el paisaje árido, de tonos ocres y rojizos, se extiende entre las formaciones rocosas que se alzan a ambos lados. Veo un grupo de motoristas, disfrutando del trazado sinuoso de la carretera.
La geología de esta zona está marcada por la presencia de formaciones del Keuper, dentro del Triásico superior, cuyas rocas rojas dominan el paisaje. Estos sedimentos se depositaron hace unos 250 millones de años, dan testimonio de un mar poco profundo que cubría la región.
Giro en el desvío hacia Velilla y la carretera, cada vez más empinada y estrecha, se llena de curvas. Tres cicloturistas avanzan con el mismo impulso que yo.
A la izquierda, hay una pista que conduce a una antigua mina abandonada. Un poco más arriba, junto a un pequeño embalse, se alza una necrópolis con sepulturas excavadas en la roca, vestigios silenciosos de otro tiempo.
Al llegar a Velilla, el pueblo reposa bajo la luz dorada de la tarde. Me acerco al antiguo lavadero restaurado, donde el agua sigue fluyendo como antaño, susurrando recuerdos de manos laboriosas y conversaciones olvidadas.
Un panel informativo señala la ruta hasta la Chorronera: un sendero de 3 km, entre ida y vuelta, ideal para recorrer en familia.
Con el camino a seguir claro ante mí, sigo adelante hasta que la Chorronera nos sorprende: una cascada de casi 20 m se desploma entre álamos y chopos, mientras el agua del río Blanco desciende suavemente por las rocas de travertino, cubiertas de musgo. El contraste con el paisaje árido es sobrecogedor. En este rincón fresco y sombreado, el murmullo del agua es un bálsamo, una invitación a detenerse, a tomar un “sorbito de agua” en plena naturaleza.
Al lado, unos carteles informativos señalan vegetación típica de la zona, así como de una paridera tradicional, testigo de las antiguas costumbres rurales que han marcado la historia del lugar.
Vuelvo a Velilla para recoger el coche y regreso a Medinaceli, el día se despide con una luz suave que abraza el pueblo. La satisfacción de haber recorrido esta ruta llena los sentidos. Mañana me espera una jornada intensa, un festín de cascadas entre paisajes de ensueño.
Notas: Junto al lavadero encontrarás una zona de recreo ideal para niños, perfecta también para hacer un picnic en plena naturaleza.


